JULIO 2026 – OCTUBRE 2026
“El amigo fiel es un apoyo seguro; quien lo encuentra tiene un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, su valor es incalculable”
Ecl. 6, 14-15
Es difícil explicar lo que es Ignis Mundi en su totalidad. Es una misión, es un lugar, es un estilo de vida, es una familia, es una acción social, es servicio…
Durante este último tiempo nos hemos esforzado por definir quiénes somos a través de nuestros programas y proyectos. Y está bien, porque el Amor también se traduce en hechos concretos: el servicio es el rostro de la misericordia que se hace tangible a través del deporte, la salud mental, la educación, el arte, la música…
Pero hay algo intangible que recorre todo Ignis Mundi, algo sin lo cual nada de lo demás tendría sentido: la fuerza de los vínculos.
Cuando llega la noche, nuestras puertas se cierran. Sin embargo, los misioneros seguimos ahí. Porque somos mucho más que agentes sociales o pastorales: somos amigos, vecinos, parte de una misma comunidad.
Nos ven en el Centro Misionero, pero también nos encuentran en el supermercado, en el centro médico, por las calles, en la Iglesia… Somos parte de su comunidad.
De esa convivencia cotidiana nace un tejido de relaciones que constituye una auténtica red de apoyo y contención, difícil de explicar con palabras. No se trata únicamente de relacionarnos de igual a igual, sin mirar a nadie desde arriba, sino de compartir la vida tal y como viene: los cortes de luz, la falta de cañerías, las fiestas, las celebraciones y tantas pequeñas cosas del día a día.
Acudimos a ellos para pedirles consejo sobre dónde comprar algo, a qué peluquero ir, dónde pasear cerca o cómo resolver esto o aquello. Porque la confianza también se construye cuando uno puede pedir ayuda y dejarse ayudar.
Nuestros hijos han participado en los programas junto a los suyos, y animamos los partidos desde las gradas, unas veces como responsables y padres, otras como misioneros y, siempre, como vecinos.
Visitamos sus casas y nos dejamos querer por su hospitalidad: un café chorreado, unas tortillas palmeadas con cariño. Visitamos a los enfermos y rezamos con ellos, somos padrinos de sus hijos, nos invitan a sus cumpleaños, bodas y graduaciones. Conocemos sus vidas y sus entornos como lo haría un amigo, pero con una mirada especialmente dispuesta a comprender, abrazar, sostener, admirar y acompañar.
Y todo ese camino compartido da un fruto que alimenta la misión, le aporta sentido y profundidad: LA AMISTAD.
Una amistad que construye y edifica, que ayuda a crecer, que da confianza y llena de paz.
Cuando hablamos de pobreza o de situaciones de vulnerabilidad, muchas veces buscamos soluciones cuantificables, respuestas que puedan medirse y que resulten eficaces a corto plazo.
Sin embargo, las situaciones de pobreza y exclusión rara vez tienen una única causa. Detrás de ellas encontramos, muchas veces, historias de generaciones marcadas por la falta de oportunidades, estructuras familiares y sociales debilitadas, violencia, desorden y, con demasiada frecuencia, una profunda soledad. No hablamos solamente de carencias materiales, sino también de la ausencia de relaciones sanas, de referentes y de redes de apoyo que ayuden a las personas a salir adelante y a construir nuevas posibilidades para sus vidas.
La soledad es una de las grandes pandemias de nuestro tiempo.
Y quien la ha experimentado sabe que tener a alguien cerca, alguien que escuche, que se preocupe y que esté presente, puede llegar a tener un valor incalculable.
Por eso es tan importante para nosotros que todos los que acudan a nuestro Centro se sientan amados. Porque cuando una persona deja de sentirse sola y abandonada, cuando descubre que tiene un lugar al que acudir y personas con las que contar, comienzan a abrirse las puertas a verdaderos cambios.
Lo hemos podido comprobar al ver cómo van naciendo amistades entre los propios participantes. Personas que coinciden en un taller o en un deporte, que al principio se relacionan tímidamente y que, poco a poco, van ganando confianza. Hasta que un día esa amistad traspasa las puertas de Ignis Mundi y comienza a formar parte de sus vidas.
“Al fin tengo a alguien a quien llamar si me enfermo o me pasa algo”
Quizás esa frase resume mejor que muchas explicaciones lo que queremos construir.
Nuestro Centro no solamente ofrece talleres, deportes y formación. También permanece abierto durante el día para que las personas puedan venir, estar, jugar, pasear o, sencillamente, compartir un rato. Por las tardes abre la cafetería y se convierte en un lugar de encuentro donde tomar café, conversar y disfrutar de la compañía.
A veces, algunos vienen, como ellos mismos dicen, “porque en casa me siento solo; mejor me vengo aquí, que sé que habrá alguien con quien hablar”.
MOMENTOS DE ENCUENTRO
En esa misma línea, fomentamos la celebración de acontecimientos especiales: el Día de Costa Rica, el Día de la Madre y del Padre, el Adviento y la Navidad, el Día del Amor y la Amistad, la celebración del Día de Muertos… Son momentos en los que la comunidad se reúne para celebrar, compartir y disfrutar de un entorno sano y familiar.
Asimismo, todos nuestros grupos y talleres tienen sus propios momentos de encuentro: el cafecito, la pausa para conversar, la celebración de los cumpleaños… Pequeños espacios que no son accesorios a las actividades, sino que forman parte de ellas. Porque sabemos que la confianza y el cariño también se construyen en esos ratitos aparentemente sencillos.
KAIRÓS
En el plano espiritual, cada miércoles nos reunimos en el Kairos, y lo que sucede allí es un fenómeno precioso. Se llena de niños y jóvenes que quizás todavía no conocen demasiado sobre la fe o no comprenden del todo lo que se comparte y se celebra, pero que vienen porque se sienten bien, porque encuentran un espacio en el que son acogidos.
También llegan personas que necesitan descansar, que buscan consuelo o que encuentran en la oración comunitaria una fuerza que les sostiene en medio de sus dificultades. Incluso quienes no pueden acudir nos hacen llegar sus intenciones, y así se genera una comunión difícil de explicar.
Nos abren su corazón, nos muestran sus heridas y nos confían sus preocupaciones con una fe y una confianza admirables.
Después de cada Kairos compartimos el Ágape. Cada semana, una familia misionera abre las puertas de su casa e invita a cenar a todos. Adultos mayores, familias, jóvenes y niños: alrededor de 100 personas cada miércoles compartiendo la mesa, conversando, jugando…
Una gran familia reunida en torno a la mesa y al altar.
Mientras unos sirven la cena, otros lavan los platos, otros conversan y los niños juegan libremente por el jardín, entre risas y alegría…
Un trocito de cielo en la tierra.
FUEGO Y EL CAMPAMENTO DE MEDIO AÑO
Durante este último tiempo hemos impulsado también dos actividades especialmente significativas para nuestros niños y jóvenes. Ambas tienen, entre otros objetivos, ayudarles a descubrir el valor de la amistad, aprender a construir relaciones sanas y comprender la importancia de cuidar a quienes forman parte de sus vidas. Queremos que comiencen a tejer entre ellos esa red de confianza y apoyo, acompañados siempre por los misioneros.
De FUEGO os hemos venido hablando desde la anterior newsletter, quizás más desde su dimensión formativa y de acompañamiento académico. Sin embargo, hay algo que se ha ido gestando sesión tras sesión y que se ha convertido en uno de sus frutos más bonitos: la ilusión con la que los chicos y chicas esperan cada jornada.
Nos emociona ver lo bien que se lo pasan, cómo cada vez están más abiertos y confiados, cómo se animan unos a otros a participar e incluso cómo, en el momento de las matrículas, son los propios jóvenes quienes preguntan si pueden formar parte de FUEGO o qué tienen que hacer para participar.
Poco a poco va naciendo en ellos un sentimiento de pertenencia, de amistad y de familia que nos llena de alegría y nos anima a seguir apostando por esta formación transversal: educar en valores, fortalecer las relaciones y abrir espacios donde puedan profundizar en los temas que les preocupan e interesan según su edad.
Todos los adolescentes que participan en alguna de las actividades de Ignis Mundi —deporte, arte, música, Impulsa…— participan también en FUEGO, una jornada que celebramos un sábado cada dos meses. Al principio tuvimos que insistir en que era un requisito; ahora son ellos mismos quienes nos recuerdan las fechas.
Y en el mes de julio, coincidiendo con las vacaciones escolares de medio año, celebramos durante dos semanas nuestro campamento, en el que participaron 70 niños y niñas de entre 5 y 12 años.
Al igual que FUEGO, el campamento combina momentos lúdicos y de convivencia con una dimensión formativa. Es, sobre todo, una oportunidad para compartir tiempo de calidad con los niños, conocerlos mejor y ayudarles a crecer.
«Hogar para el Mundo» fue el lema de este año. A partir de él trabajamos la importancia de ser hogar para los demás, comenzando por descubrir el valor de lo que cada uno es y puede aportar: en su familia, entre sus amigos y en su comunidad.
Hablamos de la importancia de cuidar a los demás, de tratarnos bien, de utilizar palabras que construyan y de crear entornos seguros y acogedores.
Cada día combinamos espacios de formación con juegos, deporte y actividades creativas. Como proyecto final, construimos una pequeña casita de madera, símbolo del compromiso de cada niño de hacer también de Ignis Mundi su hogar y de convertirse él mismo en hogar para los demás.
Aprovechamos esta oportunidad para agradecer a todas las personas que colaboraron económicamente y nos ayudaron a financiar los materiales y las meriendas del campamento. Gracias a su generosidad, pudimos hacer realidad esta experiencia para tantos niños.
JORNADAS DE FORMACIÓN
En esta misma línea, durante el año hemos llevado a cabo varias jornadas de formación para nuestros colaboradores, con el propósito de que conozcan y se impregnen del espíritu de Ignis Mundi, comprendan nuestra visión y misión y, al mismo tiempo, fortalezcan las relaciones entre ellos. Queremos que quienes forman parte de este proyecto no solamente compartan una tarea, sino que vivan y construyan una verdadera comunidad que irradie el Amor de Dios.
IGNIS MUNDI ES FAMILIA, ES AMISTAD, ES UN HOGAR.
Quisiéramos que no solamente lo sintieran así los vecinos de Los Guido, sino también todos aquellos que, desde lejos, nos apoyáis con vuestros recursos, vuestra oración, vuestras ideas, vuestra asesoría, vuestra difusión y tantas otras formas de colaboración sin las cuales nada de esto sería posible.
Empresas, fundaciones, personas anónimas, familiares y amigos: todos formáis parte de esta gran red que sostiene y hace crecer la misión.
Porque Ignis Mundi no se construye solamente con proyectos, actividades o recursos. Se construye con personas que se encuentran, que se reconocen, que se quieren y que deciden caminar juntas.
Y quizás eso sea, en definitiva, lo más importante que podemos ofrecer: que nadie que llegue a Ignis Mundi se sienta un desconocido, que encuentre un lugar donde pertenecer y personas con las que compartir la vida.
Que todos los que se encuentren con un misionero se sientan amados.
“El Amor es el fuego que ilumina al Mundo”
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FAMILIA SAGUÉ DIEZ
Somos Gloria y Lucas, un matrimonio español que nos lanzamos a la vida de misión en Costa Rica del 2023 con nuestro hijo José y con Diego en camino. Hace 7 meses nació Belén, la pequeña de la familia.
Los dos tuvimos un encuentro fuerte con Dios de jóvenes, cada uno por su lado, y esa experiencia nos marcó tanto que no pudimos quedárnosla: ese regalo de saberse Amados por entero había que darlo a conocer. Cuando éramos novios, entre estudio y estudio, nos íbamos de misión por España, a Chile, Etiopía... Nos casamos en Madrid en 2020, en plena pandemia, y poco después llegó José. Con la familia creciendo, entendimos que la misión era un llamado para nosotros, y qué mayor regalo que vivirlo en comunidad. Así fue como Dios nos dio la gracia para dejar trabajo, familia, amigos y comodidades, para poner al servicio de Dios nuestra pequeñez que Él va haciendo florecer por nuestro Sí.
Gloria lleva la cafetería solidaria del centro misionero, poniendo al servicio la acogida y la belleza de crear hogar para el que lo necesite. Lucas se ocupa de lo técnico, los sistemas, los datos y la app que ayudan a que todo funcione, trabajando desde lo escondido. Y los dos, sobre todo, vivimos abriendo las puertas de nuestro hogar: nuestros hijos crecen entre vecinos, voluntarios y misioneros de medio mundo que se unen a irradiar y contagiarse de la belleza de este lugar que busca amar al más necesitado.
Lo que más nos sorprende de esta vida es cómo el Amor de Dios deja de ser una idea y se vuelve algo tangible, que transforma la mayor miseria humana, empezando por nuestros corazones.